sábado, 13 de septiembre de 2014



Recordando sin ira

PERUANOS ESTELARES: TUPAC AMARU II



En 1776,  año de la declaración de la independencia de Estados Unidos,  Carlos III, Emperador de España y sus reinos de ultramar,  creó el Virreinato de Río de la Plata, cercenando al Perú  lo que es hoy Argentina,   el rico Alto Perú (Bolivia)  y  los corregimientos de Puno. La mina de plata de Potosí pasó a control de Buenos aires, privando a Lima de una de sus principales fuentes de poder económico. Administrativamente el Virreinato del Perú perdió la Audiencia de Charcas, por la que discurría entonces gran parte  de una de las más importantes rutas comerciales  terrestres del continente, la que unía el Callao, Lima, La Oroya,  Jauja, Huancayo, Huancavelica, Huamanga, Cusco, Puno, La Paz, Potosí, Jujuy, Chuquisaca  y Buenos Aires. Los burgueses peruanos, en especial los comerciantes  perdieron considerables  beneficios económicos. Una parte del grupo de los comerciantes estaba formado por caciques o curacas lugareños descendientes de las familias (panacas) de los señores de las comarcas del incanato y, en el caso del Cusco, éstos comerciantes estaban emparentados con los restos de las familias de distintos  incas.
En 1778 mediante el “Reglamento de Aranceles Reales”, la corona española permitió finalmente la apertura de todos los  puertos de sus posesiones en América para el comercio internacional, afectando nuevamente  a las burguesías de los virreinatos. Esta es la historia de una de las más notables reacciones ocurridas en el Perú contra la extracción inmisericorde de recursos para la caja del rey.  

Así, en 1777, la tragedia llegó nuevamente al Perú en carne y hueso, con el nombre de José  Antonio de  Areche, un vasco que se presentó con el pergamino de Visitador Real (enviado especial a cumplir un mandato especial de la corona)  nombrado especialmente por el  Ministro de Indias, José de Gálvez (Ministro de los virreinatos). Su tarea era  ejecutar sin ningún miramiento la primera gran reforma fiscal que tuvo lugar por estos rumbos, como parte de la “Reforma Borbónica” y aumentar a como dé lugar las rentas de  La Corona. Areche, sin que le importara mucho el rechazo y la oposición del propio virrey Manuel de Guirior y toda la cadena burocrática y productiva del reino,  hizo cuatro  cosas: aumentó las alcabalas, creó las aduanas terrestres, obligó a los mestizos a pagar tributo como los indígenas y aumentó los repartos mercantiles de los corregidores (administradores regionales) y otras autoridades, entendiéndose esto último como la facultad de estas autoridades de distribuir bienes de consumo obligatorio entre la población a precios altos, entre los que se incluían productos innecesarios. O sea, aumentó considerablemente la  “presión tributaria” y amplió la base de aportantes.
Pero, los peruanos no  asimilaban aún el paquetazo tributario que Areche aplicaba con sangre, cuando el emperador autorizó que,  a partir de 1778, el comercio metrópoli-colonias se realizará ya no exclusivamente  entre Cádiz, La Habana, Cartagena, Veracruz, Panamá,  El Callao y Valparaíso, sino  entre  treces puertos ubicados en España  y  veintidós localizados en los dominios americanos. Se iniciaba así el Libre Comercio, mediante el cual el monarca buscaba  redondear su objetivo de extraer la mayor cantidad posible de riqueza colonial  en el menor tiempo posible  y abrir nuevos mercados para las manufacturas hispanas y francesas. La historiografía  económica del período ha calculado que Carlos III tuvo éxito. En los primeros diez años de aplicación de su política aperturista, el comercio  metrópoli-colonias, se quintuplicó, favoreciendo  particularmente a los comerciantes de Buenos aires y Valparaíso.
Carlos III sembró vientos y cosechó tempestades. En el Perú se produjo en el país una seguidilla de sublevaciones contra sus medidas, la mayor de las cuales fue el alzamiento del cacique de las comarcas cusqueñas de Surimana, Pampamarca y Tungasuca, José Gabriel Condorcanqui Noguera, Túpac Amaru II, en Tinta, Cusco. Para comprender la gesta  de  Condorcanqui es conveniente saber previamente los detalles acerca de la suerte del antepasado de José Gabriel, el inca Tupac Amaru (en quechua “Serpiente Emplumada”), último inca de la dinastía de Atahualpa y último monarca del reino de Vilcabamba o de los escombros del Tahuantinsuyo:

Treinta y ocho  años después que Francisco Pizarro secuestrase y ejecutase al Inca Atahualpa, los restos de la resistencia del Imperio Incaico permanecían atrincherados en  el reino de Vilcabamba, abrupto extremo  Nor Oriental  del  hoy departamento del Cusco,  desde donde hostigaban constantemente a las fuerzas de ocupación hispanas. La Corona Española por medio del gobernador provisorio del Perú y presidente de la Real Audiencia de Lima Lope García de Castro, el 24 de agosto de 1556,  había firmado con el tercer  Inca de Vilcabamba, Titu Cusi Yupanqui, el Tratado de Acobamba que estableció  la paz entre la corona de Castilla y el reino de Vilcabamba. El rey Felipe II aprobó el acuerdo el 2 de enero de 1569. De este modo, España había reconocido a Vilcabamba como un reino incaico  independiente. Al año siguiente, en 1570, el inca Titu Cusi, quien había aceptado ser bautizado como Felipe Cusi, enfermó súbitamente luego de un juego de armas con el mestizo Martín Pando y murió repentinamente por causa desconocida, a pesar de los auxilios de  los misioneros agustinos al mando de Fray Diego Ortiz que habían llegado a  Vilcabamba tras el tratado de paz junto con otros españoles. Los vilcabambinos sospecharon que el misionero Ortiz  había envenenado al Inca porque le suministró medicinas tratando de sanarlo. Ajusticiaron a Ortiz y a Pando. Debido a que el antecesor de Titu Cusi también había muerto  de una enfermedad súbita en el Cusco, luego de haber aceptado pactar la paz con el reino de España, así como una pensión vitalicia y una serie de prebendas, existe la sospecha histórica de que, con o sin conocimiento del rey, las autoridades del virreinato del Perú desarrollaron un siniestro plan para desaparecer de la faz de la tierra, por cualquier medio y  gradualmente a toda la nobleza incaica.
Titu Cusi fue sucedido por su medio hermano  Túpac Amaru a comienzos de 1571. Sin saber sobre  la muerte del Inca, el recién llegado virrey  Francisco Álvarez de Toledo envió a Vilcabamba  al militar  Atilano de Anaya, en condición   de emisario con el rango de embajador,  para establecer los contactos pertinentes derivados del tratado y lograr nuevos acuerdos. Sucedió que en la difícil geografía de la zona, tras cruzar el puente de Chuquichaca, de Anaya fue capturado y ejecutado junto con su escolta por el general inca Curi Paucar en venganza por la muerte del Inca . En respuesta, el  virrey  de Toledo declaró formalmente la guerra a Vilcabamba el 14 de abril de 1572. Al mando de  Martín Hurtado de Arbieto, envió un ejército de  250 soldados españoles y 2 mil 500 nativos aliados, apoyados por varios cañones. Las fuerzas del Inca Túpac Amaru los enfrentaron en Choquelluca, a orillas del río Vilcabamba con cerca de 2,000 soldados de los cuales 600 o 700 eran guerreros selváticos llamados “chunchos” o flecheros, Vencieron los españoles y capturaron la ciudad y el palacio de Vitcos. Cerca de la ciudadela de Tumichaca, su defensor Puma Inga se rindió. El 23 de junio cayó el fortín inca de Huayna Pucará. Lo que quedó del  ejército, al mando del Inca se retiró hacia la selva. Al día siguiente el capitán español Pedro Sarmiento de Gamboa tomó  Vilcabamba.  Sarmiento de Gamboa ordenó entonces que un pelotón de cuarenta soldados persiguiese al Inca. Capturaron al Inca y a su esposa que estaba a punto de dar a luz, aguas abajo del río Masahuay. Durante su reclusión en el Cusco  los españoles fracasaron en convertir al Inca al cristianismo. Tras un juicio sumario sus hombres hechos prisioneros fueron colgados.  El Inca fue sentenciado a la decapitación pública, lo cual se cumplió el 24 de noviembre de 1572 ante una multitud acongojada compuesta en su mayoría por nativos.
Baltasar de Ocampa y fray Gabriel de Oviedo, este último prior de los dominicos en Cusco, ambos testigos oculares, escribieron que el inca levantó su mano para silenciar a las multitudes, y sus últimas palabras fueron: “Ccollanan Pachacamac ricuy auccacunac yahuarniy hichascancuta (“Sagrado Pachacamac, mira como mis enemigos derraman mi sangre”). Existe la versión de que  cuando el virrey Toledo regresó a España, el rey Felipe II le recriminó duramente diciéndole «Podéis iros a vuestra casa, porque yo os envié a servir reyes, no a matarlos». No obstante, Toledo no solo autorizó la ejecución del Inca. También dispuso el destierro del hijo de tres años de Túpac Amaru y todos sus familiares vivos a  México, Chile, Panamá y a otros lugares distantes. Sin embargo a algunos se les permitió finalmente retornar sus lugares de origen. Dos siglos después, su descendiente, José Gabriel Condorcanqui Túpac Amaru II, se sublevó sin éxito contra España, doscientos dos años después.  

Retomemos entonces, la historia de José Gabriel de Condorcanqui Noguera. Nació el 19 de marzo de 1738 en el poblado de Santa Bárbara Surimana, cerca de  Tinta, en Cusco, en las llamadas “Tierras Altas” de la región, un área difícil para afuerinos, ubicadas a más de 3 mil 900 metros sobre el nivel del mar, de difícil producción agrícola, sometidas a bajas temperaturas en el contrafuerte del Nudo del Vilcanota. Se trata de una zona de puna, de crianza de camélidos sudamericanos (Alpaca y Llama) y con vocación minera. Fue hijo segundo del curaca o cacique quechua Miguel Condorcanqui del Camino y de la mestiza doña Rosa Noguera Valenzuela. Según la obra: “Un mundo aparte: aproximación a la historia de América Latina y el Caribe”, de Antonio Núñez Jiménez,  los padres de José Gabriel recibieron esos dominios por herencia  sucesiva procedente de Juana Pilcohuaco, esposa del último Inca Túpac Amaru. Éste, a su vez, había recibido el señorío del rey de España como parte de las propiedades reconocidas a Manco Inca y a su descendencia. Con toda seguridad, teniendo en cuenta la bondad y la riqueza de otras zonas del Cusco, se puede decir que el rey de España no había sido muy generoso que digamos con Manco Inca y que las mejores  comarcas habían sido asignadas, claro está, a los invasores españoles.  Hasta los doce años, José Gabriel tuvo como maestro al sacerdote jesuita de origen criollo, Antonio López de Sosa. Estudió en el colegio jesuita para nobles quechuas, San Francisco de Borja, en Cusco, en donde aprendió latín básico y castellano, a la vez que dominaba su idioma original, el quechua. Todos sus biógrafos destacan su porte físico sólido e imponente, así como su bien vestir. Producto del mestizaje que se desarrolló durante la dominación española, descendía de la estirpe noble de Túpac Amaru, cuya ejecución significó la disolución de los  restos del Imperio del Tahuantinsuyo. Cuando una familia cusqueña inició un proceso de reivindicación del linaje de Túpac Amaru I, acusando a los Condorcanqui de usurpación, tuvo que realizar una contrademanda y hacer valer sus pergaminos ante la Audiencia de Lima, la que falló a su favor. La historia registra que el 25 de mayo de 1758, contrajo matrimonio con Micaela Bastidas Puyucahua con quien tuvo tres hijos: Hipólito, Mariano y Fernando, todos registrados como  Condorcanqui Bastidas. Seis años después de su matrimonio y a la muerte de su hermano mayor,  asumió el cargo  de cacique de los territorios que le correspondían por herencia. La familia Condorcanqui Bastidas residía en el Cusco, desde donde Gabriel se desplazaba constantemente hacia sus propiedades para controlar sus negocios en su cacicazgo. Era propietario de centenares de llamas y de unas 600 mulas con las cuales participaba en ventajosa posición  en el boyante negocio de transporte de carga por una de las principales rutas comerciales del virreinato  que iba del Callao hasta Buenos Aires. En su obra: “Túpac Amaru”, el historiador Juan José Vega, afirma que  los intereses de los Condorcanqui Bastidas también abarcaban la pequeña minería de plata de socavón, en Surinama. Procesaba el mineral en una pequeña fundición instalada en Tinta y poseía plantaciones de coca en Sangabán, en la ceja de  selva de Puno. Además, gozaba de buen crédito en el Cusco y Lima, pues se sabe que antes de su revuelta recibió del rico comerciante de Lima, Miguel Montiel, un préstamo de poco más de 8 mil pesos. JJ Vega define al personaje con gran precisión estableciendo que fue “aristócrata imperial, empresario andino y curaca aldeano”, de “proceder absolutista” guidado por una  visión paternalista y protectora del país, conforme a su herencia real. Vega hace constar en su trabajo la siguiente frase que Túpac Amaru repitió ante sus hombres  en distintos momentos de su alzamiento y  muestra la raíz de su conducta: “La mía es la única que ha quedado de la sangre real de los Incas, reyes de este reino. Esto me ha estimulado  a procurar por todo los medios posible que cesen en él todas estas abusivas introducciones”.
El virreinato de Lima de aquél tiempo estaba dividido en dos audiencias (jurisdicciones administrativas y de justicia), la de Lima y la de Charcas (Alto Perú). La audiencia de Lima tenía, a su vez, doce corregimientos o provincias, dos de las cuales cubrían  el territorio que hoy se conoce como el Departamento del Cusco y otras zonas circundantes. El primero era el  corregimiento del Cusco, que controlaba la ciudad del Cusco y las mejores “tierras bajas” con riego asegurado. El segundo era el corregimiento de los Andes del Cusco, que controlaba las “tierras altas”,  territorio abrupto, con poca agua de riego y de cultivos en secano, más difícil y menos atractivo, ubicado  en la puna cusqueña. Los intereses de José Gabriel de Condorcanqui,  se hallaban en este último corregimiento a cargo del corregidor Antonio Arriaga, un miserable que constituía la quintaesencia del despotismo más cruel, el  absolutismo abusivo, corrupto  y blanco del odio de todos, hasta de la curia, en especial del obispo Moscoso del Cusco, con quien mantenía mala relación desde años atrás.
Es indudable que la creación del Virreinato de Río de la Plata, en 1776,  que cercenó al Perú  lo que es hoy Argentina y Bolivia  y  el corregimiento de Puno, afectó grandemente a los propietarios peruanos, ya sea peninsulares (Chapetones), criollos, mestizos, así como a los nativos de las clases más bajas, pues el hecho significó la disminución del volumen y montos de los negocios. Reinaba el descontento. Por ejemplo, para enviar mercadería al nuevo virreinato mediante las recuas  de mulas y llamas, en particular a Potosí, los peruanos debían pagar derechos aduaneros en Puno y otros cobros por cada animal de carga. Los de La Plata trataban de que el negocio, en particular del transporte de plata y otros minerales,  pasara desde ese tramo, a burgueses bonaerenses ávidos de riqueza. A eso se añadía, gracias a Areche, el aumento exorbitante de los impuestos de la alcabala, de  dos a seis por ciento, pero sobre todo, la ampliación del derecho de reparto de los corregidores, o sea de su monopolio de venta a precios altos de bienes que la población no requería y que los consumidores tenían que adquirir obligatoriamente. Condorcanqui y otros caciques no se quedaron callados. Reclamaron, ajustándose a las disposiciones legales de entonces, mejor trato para ellos y para “socializar” su postura  ellos solicitaron también que la plebe rural, a cuyos componentes se llamaba genéricamente “indios” o “indígenas”, no siguiera sometida al régimen de la mita o trabajo obligatorio mal remunerado en las minas. Sus demandas solo recibieron negativas o indiferencia.
Allá por el mes de abril de 1780, Bernardo Pumayalli Tambohuacso, Cacique de Pisac, jurisdicción de lo que hoy es el Valle Sagrado de los Incas, cercana  a las mejores tierras de lo que fue el Tahuantinsuyo,  le confesó al cura del pueblo, Juan de Dios Niño de Guzmán, que junto con otros caciques, varios criollos y miles de indios, iban a tomar el Cusco y a cambiar  a los corregidores, porque ya no aguantaban más los abusos. No hay testimonio de que este dato informado como parte del sacramento de la confesión, haya sido comunicado a los mandantes de la zona por el cura Niño de Guzman. Pero, llegó al conocimiento del terrible corregidor de Calca, Diego de Olano, quien de inmediato embargó todos los bienes del cacique y envió una partida de soldados a capturarlo. Pumayalli escapó a las alturas. No obstante, los demás conspiradores fueron detenidos, juzgados, sentenciados y el 30 de junio fueron ejecutados en la horca. Pumayalli se entregó entonces a Olano, en Calca pensando que podría llegar a un trato, pero el Corregidor tenía órdenes de enviarlo al  Cusco para que fuera juzgado. El Cacique logró escapar y fue a pedir ayuda a su cuñado Sebastián de Unzueta, cacique de Taray y luego trató de asilarse en la iglesia del pueblo, pero, sin misericordia,  Unzueta lo apresó y lo envió al Cusco.
Fue en estas circunstancias  de conspiraciones y violentas protestas que Don Agustín de Jáuregui, el vasco capitán general de Chile llegó a Lima el 21 de junio de 1780 para hacerse cargo del Virreinato del Perú, en reemplazo de Manuel Guirior, quien había caído en desgracia, víctima de las intrigas del Visitador Areche. De Jáuregui arribó con el poco atractivo propósito de facilitar la vigencia de la reforma tributaria borbónica, justo en circunstancias en que en distintos puntos de los virreinatos, corregidores y alcabaleros (recaudadores) eran blanco de la ira de los contribuyentes. El 2 de noviembre, el conspirador  cacique de Pisac Pumayalli Tambohuacso, fue ahorcado, al mediodía, en la Plaza Mayor del Cusco, como advertencia a quienes quisieran imitarlo. En su reducto, en la ruta a Sicuani, Túpac Amaru se enteró de la tragedia y, lejos de acobardarse, decidió seguir adelante con sus planes subversivos.
Dos días después, el 4 de noviembre de 1870, En ese escenario sombrío de muerte y desolación con matices de traición y falta de solidaridad de los suyos hacia Pumayalli Tambohuasco, estalló en Tungasuca el alzamiento de José Gabriel de Condorcanqui, a cuatro meses de la asunción al mando del virrey De Jáuregui. Las acciones comenzaron  aún con los estruendos, sabores, danzas y canciones de la celebración de “Día de San Carlos Borromeo”. Como primer acto de ruptura, los alzados apresaron a su máximo enemigo, el corregidor de Canas y Canchis, Antonio Arriaga y Gurbista, que explotaba a los nativos de la zona, el más abusivo de la Sierra Sur. Por el “repartimiento” obligaba a los naturales a comprar mercancías a altos precios acorralándolos luego con la deuda. Si no pagaban a tiempo los encarcelaba  durante dos o tres meses hasta que sus familiares pagaran la obligación. Los hacendados eran igual o peores que los corregidores. El informe oficial sobre la captura de Arriaga, dice: “…retirábase (el corregidor) después de comer al pueblo de Tinta, y en la travesía que media lo acometió Tupac Amaru con alguna gente que lo acompañaba. Echáronle un lazo al cuello y lo trajeron de la mula a tierra, hirieron a un criado que con él venía y presos dos negros esclavos que a alguna distancia lo seguían, fueron todos conducidos a un sitio separado y secreto, y allí detenidos hasta la medianoche en que fueron introducidos en el pueblo de Tungasuca  y encarcelado el corregidor en una pieza o calabozo de la casa de Túpac Amaru… “. Le hicieron firmar una carta a sus amigos del Cusco, quienes en respuesta enviaron 22 mil pesos, barras de oro, mosquetes y mula, lo que les sirvió  para sus propósitos.  Seis días después,  Arriaga fue ejecutado públicamente en la horca, por su mulato el ex esclavo Antonio Benites,  en la plaza de Tungasuca, el 10 de noviembre de 1780.

Los primeros propósitos de la rebelión fueron: liquidar a los malos corregidores, abolir la mita y el reparto de efectos.  Obsérvese que no proclamó independencia alguna y, por el contrario, reconocía  la autoridad de la corona. Pero, después, el rebelde  se radicalizó  y hasta planeaba proclamarse rey de América. Núñez Jiménez, en su obra citada, afirma que  se había propuesto asumir los títulos de: "...Don José Primero, por la gracia de Dios, Inca Rey del Perú, Santa Fe, Quito, Chile, Buenos Aires y Continentes de los Mares del Sur, Duque de la Superlativa, Señor de los Césares y Amazonas con dominio en el Gran Paititi, Comisario Distribuidor de la Piedad Divina, etc...".
La aventura de Túpac Amaru II se inició como una gesta de familia y de sus  allegados de las provincias de Tinta,  Quispicanchis, Canas y Canchis, o sea de las “tierras altas del Cusco”, vinculados, además, por actividades económicas afines como la pequeña minería, el obraje de curtiduría, alcohol y la textilería del tocuyo, la producción de papa y maíz  y animales, el arrieraje, la crianza de alpacas y llamas y la producción de hoja de coca.  Esas zonas estaban en ese tiempo a distancias que desde el Cusco eran cubiertas en cuatro días, caminando y en menos tiempo a lomo de bestia. Eran consideradas alejadas, menos productivas y de geografía muy hostil en relación a las zonas bajas de los valles interandinos, como las tierras de los valles del  Urubamba y de Limatambo. Quizá por esa diferencia y, además, porque en los hechos Condorcanqui era un mestizo, los caciques de comarcas más cercanas  a la ciudad del Cusco, rechazaron su conducta considerando que ponía en peligro los privilegios, prebendas y canonjías que recibían de las autoridades del virreinato. Declarándose fieles al rey de España, organizaron sus propias fuerzas armando a sus vasallos quechuas y combatieron con decisión y fiereza a las tropas de Túpac AmaruII. Dieron un decisivo apoyo al ejército de Del Valle. Juan José Vega estima que las batallas tupacamaristas  se dieron esencial y desgraciadamente entre curacas y sus  fuerzas quechuas, para beneplácito  de los realistas. Irónicamente, dando validez al dicho de ese tiempo “Cura, curaca y Corregidor, todo lo peor”,  estos fueron los caciques realistas de la jornada: Mateo Pumacahua, cacique de Chinchero. Eugenio Sinanyuca, cacique de Yauri- Canchis. Juan Ambrosio Pumaguallpa Garces Chillitupa, cacique de Santiago Oropesa. Pedro Sahuaraura, cacique de Oropesa de Quispicanchis. Nicolás Rosas, cacique de Anta. Eugenio Conatupa, cacique de Coporaque. Juan Esteban Pacheco. Diego Choquehuanca, cacique de Azángaro. Manuel Chuquinga, cacique de Collao y Antonio Eguiluz, cacique de Paruro. Al lado del sublevado  alinearon: Tomasa Tito Condemayta, cacica de Acos. Diego Cristóbal Túpac Amaru. Andrés Túpac Amaru, Túpac Catari,
El 12 de noviembre,  tras conocer la suerte de Arriaga, las autoridades del Cusco  concentraron en el pueblo de Sangarará una fuerza punitiva de 2, 000 hombres, al mando del corregidor de Quispicanchis, Fernando de Cabrera, con el propósito de aplastar a los rebeldes. Mientras tanto, en Lima, tras conocer la ejecución del corregidor Arriaga y las primeras demandas de Túpac Amaru,  el virrey Jáuregui abolió los repartos mercantiles, liquidando la principal herramienta de explotación de los corregidores, con el evidente propósito político de evitar que otros caciques y los burgueses criollos de la Sierra Sur se plegaran a la rebelión, sobre la base de que ellos podrían asumir en adelante el comercio regional. Sin conocer su primera victoria política, el 15 de noviembre, Túpac  Amaru II emitió su edicto para Lampa ordenando la confiscación de la riqueza de la administración virreinal así como de los hacendados  para financiar la lucha y retribuir a los necesitados. Más adelante, este bando sería esgrimido por sus parciales para saquear haciendas y hacerse particularmente de ganado ovino. Al día siguiente, el 16 de noviembre  Túpac Amaru, en plena marcha hacia Sangarará decretó  la abolición de la esclavitud de los negros, hecho que se producía  por primera vez en América. Túpac Amaru y su ejército rebelde, por entonces, ya de uno 6 mil de hombres  llegaron a Sangarará  el 17 de noviembre y encontraron que Cabrera se había atrincherado en la Iglesia. Al amanecer, Túpac Amaru  le conminó a rendirse, pero Cabrera no aceptó y ejecutó a varios quechuas que intentaron salir del templo. En la mañana, empezó un combate encarnizado durante el  cual estalló un polvorín instalado dentro del templo. La terrible explosión y el derrumbe del techo y de una de las paredes de la Iglesia,  mataron a muchos realistas. Murieron unos 700, entre ellos el propio corregidor Cabrera, el gobernador Tiburcio Landa y el cacique Pedro Sawaraura. De los rebeldes murieron menos de veinte. Por el hecho de haber atacado y supuestamente haber destruido la casa de dios, el obispo Moscoso del Cusco  decretó la excomunión de Túpac Amaru.   
De Sangarará, pudiendo atacar el Cusco, cuyas tropas habían quedado debilitadas con la derrota de sus enviados a Sangarará, Túpac Amaru, marchó  hacia Puno. Los historiadores dicen que no atacó la ciudad imperial, porque en la ruta, el 20 de noviembre,  se enteró de que la junta de Guerra y el corregidor cusqueño, había emitido un bando sobre importantes reformas que, aparentemente, dejaban sin piso las banderas de la rebelión: Se iba a redistribuir tierras entre los comuneros para la subsistencia de sus familias. En consonancia con el decreto virreinal, se abolían los repartos. Se eliminaba la carcelería por no asistir a los obrajes. Se suprimía el pago del “diezmo” a la Iglesia y se prometía revisar el alza de la alcabala y otros impuestos.  En  efecto, si Túpac Amaru tenía enlaces criollos, mestizos y militares dentro del Cusco que se levantarían a su llegada, estas medidas los desanimaron completamente y no dieron la menor señal de existencia ni menos de respaldar su acción. De este modo, el rebelde no amenazó al Cusco y siguió hacia la Meseta del Collao, presuntamente para  recolectar más tropas y armas, con la intención de atacar La Paz para liberar Potosí, pero no consiguió mucho pues luego de pasar por Azángaro y llegar a Lampa, regresó a Ayaviri, en donde, al no recibir noticias de sus contactos dentro del Cusco acerca de un probable apoyo interno para tomar la gran ciudad, decidió retroceder y marchar hacia la antigua  capital del Tahuantinsuyo, desestimando a La Paz como objetivo. Este desplazamiento del alzado le dio tiempo a los realistas del Cusco de reunir en esa ciudad una fuerza de 17 mil hombres, entre tropas regulares llegadas de Lima y hasta de Cartagena de Indias (Colombia) y formada también por nativos quechuas quienes a través de sus caciques  pro realistas  servían al virrey. Ese contingente pudo rechazar al alzado en las cercanías del Cusco, en Saylla, Puquiri y Piccho, en  diciembre de 1870 y en enero del año siguiente.  A partir de este fracaso, desde el fin de febrero del año siguiente, los españoles tomaron la iniciativa contra el caudillo.
Desde las cercanías del Cusco, Túpac Amaru se replegó hacia su terruño, Tungasuca, adonde llegó el 13 de enero de 1781. Trató de reorganizar su ejército y envió emisarios a Paruro y Urubamba solicitando apoyo. Entonces, abandonando Tungasuca,  decidió ir a proclamar su nuevo reino en Acos, Pillpinto, Accha, Omacha, Piti, Maras, Chuquibambilla y llegó hasta  Cotabambas, en Apurímac. A su paso reclutó hombres y acopió provisiones. Pero, llegados desde Lima,  ya estaban tras sus pasos el mariscal José del Valle y las fuerzas de sus caciques enemigos. Túpac Amaru regresó entonces a Tungasuca  a mediados de febrero. Del Valle llegó al Cusco el 24 de febrero de 1781. Lo acompañaba el visitador español José Antonio de Areche y entre ambos organizaron su gran ofensiva. El 4 de marzo de 1781, partieron tras el alzado. El 22 de marzo los tupamaristas  se enfrentaron  a los realistas  en Pucacasa y los hicieron retroceder hasta  Quiquijana. Túpac Amaru creyó que los había paralizado. Dividió sus fuerzas. Una parte fue a reforzar a sus parciales que se habían levantado en Chumbivilcas, Caylloma y Urubamba. Pero, del Valle y sus hombres se reagruparon y el 6 de abril llegaron cerca de la localidad de Checacupe, en Canchis, en donde acampaba el grueso de la fuerza  tupacamarista. Al lado de del Valle y Areche peleaban nada menos que los caciques quechuas Mateo Pumacahua, Choquehuanca, La Rosa, y Chillipata, mandando contingentes de sus propios hombres, armados por los españoles.  Obsérvese entonces y ténganse en cuenta que este alineamiento de los nativos y mestizos  con sus opresores y su expresa fidelidad al rey, será una constante histórica en adelante, en todos los dominios españoles, pero de modo más acendrado en el Perú, por lo cual nos atrevemos a decir que éste fue uno de los principales factores que demoró el proceso peruano de emancipación, en relación a otros procesos. Pongan atención en uno de los caciques enemigos de Túpac Amaru, en Mateo Pumacahua, pues surgirá de nuevo y de modo sorprendente en la llamada “Revolución del Cusco”, en 1814.
Túpac Amaru II fue derrotado en la Batalla de Checacupe, en Canchis, cerca de Sicuani. El rebelde escapó. Perseguido a caballo, tuvo que cruzar el río Vilcanota a nado y se refugió en el pueblo de Langui. Pero, ese mismo día, fue entregado a los realistas nada menos que por compadre traidor, Francisco Santa Cruz. Ventura Lanaeta, entregó a su esposa Micaela Bastidas. Todos sus jefes subalternos apresados, su esposa y él mismo, fueron sometidos a las más crueles torturas. Areche intentó arrancarle los nombres de su red y otros datos esenciales para la terrible represión que alistaba. No lo consiguió. Entonces ordenó que le cortaran la lengua. El 15 de mayo Túpac Amaru  fue sentenciado a muerte. Antes de su ejecución pública, el 18 de mayo, fue forzado a presenciar al mediodía, en la Plaza Mayor del Cusco, la ejecución de su esposa y de dos de sus  hijos. Después intentaron desmembrarlo vivo atando a un caballo, cada uno de sus brazos y piernas. Los equinos fueron azuzados en direcciones opuestas. Como no lo lograron partirlo vivo  lo decapitaron y luego lo descuartizaron para repartir sus partes hacia los pueblos que lo habían apoyado.
Esta recisión somera de la rebelión tupacamarista, permite afirmar que se trató de una rebelión reformista del orden feudal virreinal que si bien afectó el control de la propiedad estatal y privada en los hechos, no lo hizo en son de cambiar su esencia, sino como procedimiento a hacerse de recursos para el sostenimiento de sus operaciones. Como hemos podido anotar, la mayoría de demandas fueron atendidas, por lo menos declarativamente por el poder virreinal cusqueño de entonces, aunque, a esas alturas como consecuencia de la ejecución del corregidor de Canchis y de su proclamación como rey de América, era imposible un armisticio, perdón o amnistía en favor de los alzados,  con quienes el Imperio solo podía saldar cuentas mediante su total supresión no solo física, sino también  cultural e ideológica. Y, eso fue lo que ocurrió. Los españoles tuvieron la excelente oportunidad de terminar su labor de erradicación global   de todo lo que significase el antiguo imperio de los incas, una actividad  que desarrollaron como política de estado desde que Pizarro tomó el  Cusco. A la muerte del gran rebelde, Areche y todo el aparato imperial desataron una vasta operación de represión, control, contención y borrado de todo significado incaico. Prohibieron el uso de la lengua  quechua,  de ropajes nativos, de símbolos incaicos de toda expresión artística como danzas, cánticos, música, rituales, costumbres, tradiciones, adoración a apus y otras fuerzas seculares de la cosmogonía inca, así como cualquier mención o conmemoración de la cultura incaica.
Familiares y allegados de Tupac Amaru prosiguieron la lucha tupacamarista  en Cusco, bajo el mando de Diego Cristóbal Túpac Amaru, pariente de Condorcanqui y en el alto Perú con Túpac Catari (Julián Apaza), el cual fue capturado y también descuartizado. El núcleo de la  rebelión duró apenas cinco meses, pero, aproximadamente, todo el brote fue extirpado en julio de 1783, con la aniquilación de sus seguidores y en particular de los  familiares de Túpac Amaru.  Areche, quizá para justificar la intensidad y la amplitud del levantamiento, informó a la Corona que la rebelión habría sido preparada con más de cinco años de antelación, apoyándose en la supuesta confesión de  Bartolina Sisa, alias La Virreina, mujer de Túpac Catari.

Don Ricardo Palma, en sus “Tradiciones Peruanas”, sobre el “Corregidor de Tinta”,  cuenta que “Es fama que el 26 de abril de 1784 el virrey don Agustín de Jáuregui recibió el regalo de un canastillo de cerezas, fruta a la que era su excelencia muy aficionado, y que apenas hubo comido dos o tres cayó al suelo sin sentido. Treinta horas después se abría en palacio la gran puerta del salón de recepciones; y en un sillón, bajo el dosel, se veía a Jáuregui vestido de gran uniforme. Con arreglo al ceremonial del caso el escribano de cámara, seguido de la Real Audiencia, avanzó hasta pocos pasos del dosel, y dijo en voz alta por tres veces: «¡Excelentísimo señor D. Agustín de Jáuregui!». Y luego, volviéndose al concurso, pronunció esta frase obligada: «Señores, no responde. ¡Falleció! ¡Falleció! ¡Falleció!». En seguida sacó un protocolo, y los oidores estamparon en él sus firmas. Así vengaron los indios la muerte de Tupac-Amaru”. (Este texto es parte de un trabajo mayor en curso titulado: ¿Por qué cayó el Virreinato del Perú? Nuestra emancipación vista desde el otro lado, sin patrioterismo inconsistente. ELMER OLORTEGUI) 

No hay comentarios:

Publicar un comentario