domingo, 30 de octubre de 2011


Serie RECORDANDO SIN IRA (II)

DEL ÁNGEL VÍCTOR APAZA QUISPE
AL ÁNGEL CIRO CASTILLO

(Primera parte)

El sentido homenaje y adiós que una multitud de habitantes de Arequipa dio a los restos del malogrado estudiante de ingeniería forestal, Ciro Castillo Rojo,  disparó mi memoria  cuarenta años atrás, hacia el fusilamiento y entierro del convicto por asesinato,  Víctor Apaza Quispe, en setiembre de 1971.

¿Por qué? Por dos similitudes. La primera: el doliente gentío presente en los funerales. La segunda: la expresión de la creencia popular andina de que el uno y el otro, por razones no muy bien explicadas, habrían  subido a la categoría de personas sagradas, de hombres santos, dignos de veneración.

En el caso del fallido ingeniero Ciro Castillo, eso está por verse. Quizá el hecho geográfico de que su tumba definitiva esté lejos, sea una dificultad insalvable para su veneración.

Sin embargo, en el caso de Apaza Quispe, es una realidad innegable y fácilmente contrastable con solo ir a su tumba, en el cementerio arequipeño de La Apacheta, convertida hoy  en el centro del culto a su memoria y a su presunto poder de ser intermediario entre los sufridos mortales  y - no se sabe a ciencia cierta -  el dios tipo judeo-cristiano o los ancestrales apus o espíritus protectores  regionales de nuestro sur andino.

La Corte Suprema de Justicia contra la Revolución
Era el año 1971 y el 3 de octubre de ese año, se iba a cumplir el tercer aniversario  de la revolución de las Fuerzas Armadas que había llevado al poder al general piurano Juan Velasco Alvarado. El proceso revolucionario estaba en todo su apogeo y el régimen había anunciado que celebraría la fecha con una vasta gira de Velasco por el sur, con mítines en Cusco, Juliaca, Puno, Tacna, Arequipa e Ica. Eran tiempos en que el viaje de un presidente, por más dictador que fuera, era  todo un acontecimiento.

 “El Chino Velasco” gobernaba con mano de hierro, anunciando reforma tras reforma remeciendo las “estructuras” del país, tratando de liquidar a la oligarquía terrateniente ex dueña del país, a la que había quebrado con su famosa y vituperada reforma agraria.

Por entonces el grupo de poder retador eran las “vacas sagradas” del Poder Judicial, o mejor dicho, los representantes de la oligarquía en la Corte Suprema, quienes con sus fallos aseguraban que en el Perú fuese más fácil que un camello pasara por el ojo de una aguja, que un campesino ganase un juicio por tierras a un gamonal.  Este apenas era la coyuntura de un contexto político, social y económico convulso.  

Yo era un joven reportero del diario Expreso de Lima, por entonces  a cargo de sus sindicatos, tras  su expropiación  decretada de un plumazo por Velasco Alvarado. En eso había desembocado la permanente oposición al régimen que hacia su propietario, el financista Manuel Ulloa Elías, ex ministro de economía y finanzas del depuesto primer régimen de Fernando Belaunde Terry.

Mi sueño se había vuelto realidad. A los 21 años y tras solo nueve meses de trabajo, ya era parte del equipo de “política” del diario dirigido por Efraín Ruiz Caro  e integraba el reducido y exclusivo club de “enviados especiales”, a quienes asignaban las  misiones más  importantes, pero difíciles, fuera de Lima.

Ese 10 de setiembre, al regresar de  no recuerdo qué comisiones, Pedro Franco, el flaco jefe de informaciones, me dijo:
-Prepárate, Paiche, te vas a Tacna mañana con el negro Fidel Zavaleta.
- ¿Qué ha pasado?
-Van a fusilar a un patita…
-¿A quién, a un político, como en la Revolución de Octubre?, pregunté en tono de broma.
-No, todavía no. La Corte Suprema, ha ordenado que maten a un preso. Termina tus notas de hoy  y te daré el despacho del corresponsal. Apúrate y haz los trámites de pasajes y viáticos.

Fidel, era un veterano reportero gráfico, bromista, bebedor, juerguero, buen amigo, imposible de hacer daño ni a una mosca. Se alegró al saber lo del viaje. “Podremos comprar contrabando en Tacna”, dijo frotándose las manos, insensible, encallecido ante lo que íbamos a cubrir.

Fusilamientos contrarrevolucionarios
En Tacna, bajamos del avión y fuimos directamente a la cárcel en pos de mi primer enfrentamiento con la muerte. El alcaide René Lajos Velarde, se alegró al vernos y con gran amabilidad nos llevó hasta la celda del hombre en capilla. Lo entrevistamos ampliamente y Zavaleta quemó dos rollos fotografiándolo hasta más no poder.

El condenado, FELICIANO HELI VIZCARRA CUAYLA, era un pobre hombre bajito y flaco, un ser esmirriado. Era de Caruma, provincia de Mariscal Nieto, en Moquegua, donde, un año antes, convencido de que lo habían traicionado,  mató a su esposa y a la hija  nacida días antes.
-¿Eres culpable, asumes tu culpa?, fue la pregunta clave.
- Yo la quería. Lo demás, todo lo dejo en manos de mi señor…

Era culpable, por lo que en primera y segunda instancia, aplicando la ley vigente, lo habían condenado al paredón. Meses antes, siguiendo un impulso que parece común en todos los que enfrentan trances de cercanía a muerte anunciada, se había vuelto feligrés de la iglesia evangélica adventista, pero también recibía el auxilio del cura  católico que asistía a la prisión.

Tacna, ciudad intensamente fenicia, no se conmovió mucho con el trance. Ni con la negativa de Velasco Alvarado a conceder al reo la gracia de la conmutación de la pena por la de cadena perpetua.  El comercio, sobre todo el contrabando de electrodomésticos, seguía intenso en sus varios mercadillos.

Cuando al día siguiente, el tema apareció en varios diarios de Lima, por orden superior, el alcaide cerró el acceso al preso.

Fuimos aproximadamente una treintena de friolentos periodistas que no dormimos la noche entre el 13 y el 14 de setiembre  montando guardia en los alrededores del penal, a bordo de vehículos.

Al amanecer la Guardia Republicana, encargada de la vigilancia de los penales y de ejecutar al reo, quiso burlarnos. Los guardias sacaron  a alguien cubierto con una frazada y lo subieron  a una camioneta policial que partió hacía Pachía, en dirección a Juliaca. Pero nosotros  no caímos en la jugada. Veinte minutos después, sacaron a Vizcarra y lo llevaron hacia el cerro Arumtum, en las afueras. Varios vehículos policiales se interpusieron para detenernos.

La descarga sonó cuando estábamos como a dos cuadras. De inmediato oímos el tiro de gracia. Llegamos a la carrera, sin aliento. El cuerpo, ensangrentado a la altura del tórax y la sien derecha, estaba aún atado a un poste. El tiro de gracia había perforado la venda que cubría sus ojos.  La niebla tacneña se disipaba gradualmente y alcancé a ver al jefe de los fusileros, el del tiro de gracia, subiendo a la cabina de un camión portatropa de la Republicana, en cuya tolva iban los demás del pelotón de ejecución. El vehículo partió, raudo.

Personal del presidió desató al cadáver, lo puso en la camilla de una ambulancia del Hospital de Tacna. El vehículo partió hacia la morgue en donde lo entregarían a los familiares del ejecutado, quienes habían dicho que lo sepultarían en Caruma.

El cura católico seguía rezando contrito con las palmas de las manos juntas, de pie ante el poste ya solitario. Me acerqué  y le pregunté cuáles habían sido las últimas palabras de Vizcarra.
-Los perdono y al señor, pido que me reciba en sus brazos -, me respondió con los ojos inundados por lágrimas contenidas.

Me retiré sintiendo que también iba a llorar, afectado profundamente por el ajusticiamiento, volviéndome a preguntar como lo había hecho cientos de veces en los últimos días, si en verdad valía la pena  eso de ojo por ojo, diente por diente. No pude desayunar, sentía que no tenía estómago y un cansancio infinito. No obstante, tampoco pude descansar…

A las once de la mañana, todos los enviados especiales nos encontrábamos en el terminal de pasajeros del aeropuerto de Tacna, esperando al “Faucett” que nos iba a llevar a Lima a escribir nuestras notas, directamente en nuestros diarios y televisoras, cuando en eso me llamaron por el altavoz.
-Señor Olortegui, señor Elmer Olortegui, tiene una llamada de Lima, acérquese a la cabina de radio…Señor, Olortegui…
Era mi Jefe de Redacción, el entonces famoso Paco Landa:
-Paiche, escucha. No te embarques. Toma un auto expreso  y ve a Arequipa. Ahí van a fusilar a otro.
- ¡¿Qué!?
-La Corte Suprema ha confirmado la sentencia. Es una maniobra contrarrevolucionaria de los vocales reaccionarios de la derecha. Llegarás a Arequipa  a las tres de la tarde. Pasas tu despacho desde allí. Manden los rollos por Faucett y váyanse de inmediato. El distribuidor de Arequipa les dará dinero…”
-Paco, ¿quién es el condenado?
-Un tal Víctor Apaza Quispe.
“Los supremos se han vuelto locos asesinos”, pensé, mientras iba a contarle las nuevas a Zavaleta, a la vez  que escuchaba que la misma voz que me había llamada por el altavoz, convocaba al enviado de La Crónica. Uno a uno la misma voz llamó  a los colegas de Lima  para recibir  la misma orden. En grupos de cinco alquilamos taxis expresos y partimos a Arequipa.
(Continuará) 

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